La música visual

Bach, a partir del encadenamiento de notas, transmite saber físico y emocional, dolor y alegría.


La primera vez que supe de Lola Ferreira fue a través del cine. Ella era una de las cinco protagonistas de El sopar, de Pere Portabella, uno de los mejores filmes documentales de la historia del cine español. Una película clandestina, rodada en 1974, en una masía solitaria, donde Portabella filmaba el testimonio de cinco luchadores antifranquistas que acababan de salir de la cárcel tras largas condenas. La cena del título era el lugar de la conversación entre ellos, sobre lo que significaba la vida en la cárcel y los retos de la libertad recuperada. Dos cosas me impresionaron. Que la noche en que se rodó fuera la misma en que iban a matar a Puig Antich, un peso siniestro que merodea el filme. Y la última intervención, precisamente de Ferreira, una reflexión profunda que dejaba en tenso silencio a todos sus compañeros. Estos días he recibido una nota amistosa de Lola, desde el Círculo de Lectores en el que lleva años dinámicamente asentada, que acompaña un regalo precioso, El canto de las sirenas, el último libro de Eugenio Trías. Una obra donde Trías nos conduce por un empeño mayor, el de entroncar a los grandes autores de la música con los retos cruciales de la historia del pensamiento, haciéndonos ver que la música es también filosofía, relato, motivo y argumento. Una empresa titánica, con aroma de totalidad que enlaza con las incursiones, más en singular, que Trías había hecho con el cine, especialmente a través de Hitchcock y de su filme más emblemático, Vértigo.


Me detengo en el capítulo dedicado a Bach, el más grande de todos los músicos y el más difícil de abordar, según Trías. Retengo de su análisis el concepto de esperanza y la dificultad de ser comprendida por una sociedad que ha abandonado esta virtud al oscurantismo. En este análisis late la imposibilidad de entender la complejidad de Bach sin sentir o compartir su mundo religioso. Me impresiona cómo Trías expresa la visualización de los motivos argumentales de Bach, el hecho casi físico de cómo a partir del encadenamiento de unas notas transmite saber físico y emocional, dolor noble o jubilosa alegría.


El azar de la mediación de Lola me traslada desde estas páginas memorables de Trías al último, grandioso filme de Portabella, Die Stille von Bach, que disfruté en el festival de Venecia de este año y ahora se proyecta en Nueva York, antes de su estreno en España. Portabella aborda esta misma idea de Trías desde el punto de vista del cine: cómo acercarse al misterio de Bach, a la misma idea de música visual. En el filme varios personajes atraviesan la obra del músico, la sienten e interpretan; todos ellos, aunque sean actores, son concertistas de verdad, capaces de inscribir su propia experiencia real en la ficción. En un centro dedicado al músico se plantea la misma cuestión que Trías anuncia: ¿Cómo pueden los niños de un coro cantar a Bach sin conocer su religión ni sentirse implicados en ella? El filme se inicia con una pianola solitaria deambulando por espacios vacíos de la Fundació Miró, y culmina con un plano fascinante, donde la misma pianola interpreta una partitura de Bach que se mueve, haciendo visible la música, demostrando lo que cuenta Trías, cómo los sentimientos más profundos de la música de Bach son el resultado material de una sucesión de notas, corcheas y semicorcheas, de puntos y líneas que devienen arte sonoro. Para mí, este libro y esta película forman un todo armónico, un auténtico tesoro del espíritu.

Publicado en La Vanguardia (19.09.07)

Autor:Jordi Balló
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