La cena de Eisenstein , Godard, Brossa, Brecht, Buñuel, Drácula y el general Franco en la mesa de la Historia: el cine perseverante de Pere Portabella

Para comprender la relevancia histórica de Pere Portabella, necesitamos comprender su trabajo como el resultado singular de una encrucijada entre vanguardia artística, práctica fílmica y actividad política. Una práctica que, desde el inicio, buscaba operar en sincronía con los lenguajes contemporáneos de vanguardia y simultáneamente en profundidad, enraizada en su propio contexto cultural, político e histórico.

Los films de Carlos Saura (Los golfos) y Marco Ferreri (El cochecito) que Portabella produjo a finales de los años cincuenta marcaron la irrupción de un nuevo tipo de realismo crítico en la escena cinematográfica española posterior a la posguerra civil: un cine de renovación que reformulaba las corrientes neorrealistas europeas a la luz de la tradición del realismo estético y literario español. Cuando reaparece, como cineasta, tras un tiempo de exilio en Italia por causa del escandaloso éxito en Cannes del film de Luis Buñuel Viridiana (1961, que Portabella coprodujo), lo hace como uno de los protagonistas de la modernización del cinema español en aquel periodo. No compteu amb els dits (1967) y Nocturn 29 (1968) acusan recibo de los nuevos lenguajes cinematográficos con que los nuevos cines atraviesan el mundo durante los años sesenta, conectándolos con la tradición del compromiso político en el cine, el arte y la literatura de vanguardia que fue aniquilada por el régimen del general Franco salido de la Guerra Civil.

La dureza de los últimos años de la dictadura sitúa a Vampir-Cuadecuc (1970) en el campo de lo que se dio en llamar genéricamente "cine independiente", que en realidad se trataba de una heterogénea corriente de radicalización en el cinema español hacia prácticas alegales, semiclandestinas o abiertamente de oposición antifranquista. Vampir-Cuadecuc es uno de los filmes fundacionales de dicha tendencia, situando a Portabella como figura prominente de uno de los periodos más tensos y notables (y acaso, no por azar, más olvidados) del cinema español. Umbracle (1972) es indiscutiblemente un opus magnum: un análisis de las condiciones políticas de la dictadura articulado mediante una reflexión rigurosa sobre el lenguaje cinematográfico. Paralelamente, Portabella formaba parte del Grup de Treball, memorable ejemplo en Cataluña de las corrientes internacionales de cuestionamiento radical de la institución artística por parte del conceptualismo y la crítica institucional. El trabajo de Portabella en los campos artístico y cinematográfico en ese periodo es indisociable de la realidad contemporánea de los movimientos de oposición antifranquistas. Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública (1975) es el colofón de este periodo: un retrato coral del heterogéneo espectro de alternativas políticas que se abrirían tras la muerte del dictador, un film que encarna las correspondientes y contradictorias expectativas y deseos de cambio social.

"Romper con el canon narrativo aristotélico, rechazando la anécdota, yendo directo al tema", como en la dramaturgia brechtiana; fragmentando la linealidad narrativa hegemónica, con un cine que avanza por cuadros escénicos que provocan choques emocionales en el espectador, como en el "montaje de atracciones" que Eisenstein modelase a partir de las experiencias del teatro político en la Rusia y Alemania de los convulsos años veinte del pasado siglo: el cine de Portabella pulveriza los mecanismos que producen el naturalismo de la representación clásica, atacando los modos burgueses de vida y sus formas alienadas de identidad social. Son éstas algunas de las características esenciales que caracterizan una práctica fílmica fuertemente antiidealista, de un peculiar materialismo que se mueve entre la exploración al extremo de la fascinación que sobre el espectador ejerce la proyección técnica en la sala oscura y el distanciamiento crítico antiilusionista.

La trayectoria biográfica y creativa de un cineasta que algunos han calificado de perseverante tiene, por el momento, su última parada en la producción del film de José Luis Guerín Tren de sombras (1997) y el retorno de Portabella a la dirección con Pont de Varsòvia (1989), un film justo y vigoroso realizado tras la caída del Muro de Berlín, que nos devuelve a la Historia contradiciendo tanto la amnesia como la nostalgia.




Autor:Marcelo Expósito
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