Naturaleza muerta

No se puede aguantar la respiración durante veinte minutos, pero sí se puede tener la impresión de que lo que se está viendo dura el espacio de un solo aliento contenido. La cámara no deja de moverse mientras sigue la operación de vaciar la Huerta de San Vicente de todo su contenido, cuadros, muebles, alfombras, maceteros, cacharros, piano, hasta dejarla limpia, monda, desnuda, y acompañar los objetos envueltos en plástico semitransparente hasta un guardamuebles donde se amontonan.


La Huerta de San Vicente, casa de verano de la familia García Lorca desde 1925, se vació de sus habitantes en 1939; se exiliaron en Estados Unidos después de que los nacionales mataran en agosto de 1936 a Federico García Lorca y unos días antes a Manuel Fernández Montesinos, alcalde de la ciudad y marido de Concha García Lorca. Estos antecedentes son necesarios para saber por qué la película de Portabella se detiene en el momento de la salida, del despojamiento, del desahucio, de la expropiación. Podía haber titulado su película con cualquiera de esos nombres, más jurídicos, más sociales, pero ha escogido el de Mudanza, a la vez cotidiano y lleno de resonancias clásicas y barrocas españolas, una denominación que incluye las anteriores y linda con el destino, con la rueda de la fortuna.  Mi amigo Mariano Maresca dice que la película es tan sobria, tan contenida, que permite la máxima libertad de pensamiento. Todo está en esos veinte minutos sin decir nada y diciéndolo todo. No de un modo explícito: Portabella se limita a dejar que se oiga (o lo construye, la banda sonora) el crujido de una cinta de papel adhesivo sobre el primer cuadro que se descuelga después de haber recorrido las estancias de la casa, rodeada de luz, Por otro lado, tampoco le importa que la alegoría sea tan elementalmente descodificable como cuando unos operarios, entre comentarios banales y profesionales --que a mí me recuerdan a los enterradores de Hamlet, Rosenkranz y Guildenstern- meten en una caja el retrato de Federico en albornoz amarillo y clavan la tapa. O que al desmontar la cama de estudiante de Federico acuda a la memoria el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías ("Un ataúd con ruedas es la cama"). El caso es que esta elegía se me fue presentando al ver la película. Me pasó a mí, quién sabe qué pensaron otros. Pero los versos fueron acudiendo a la memoria. La muerte del torero amigo equivalía al vaciado de la casa. Quizá era demasiado obvio asociar !El toro solo corazón arriba! al desmontaje del  piano, que puesto en vertical aquiere una vaga forma española negra de piel de toro, pero así fue, lo mismo que al ver los planos de las paredes encaladas y las puertas verdes de la casa ya vacía, llegaban sugestiones formales de Mondrian, de Morandi y de DeChirico junto al verso !Oh blanco muro de España!.


Como espectador, con mi memoria y mi cultura, me figuro todo esto. Y voy oyendo sin cesar, durante toda la película, el tremendo, lúcido Porque te has muerto para siempre. Al final todos los elementos se tapan, se cubren, se encarcelan, como en  mordazas de poliestireno  y se llevan a un guardamuebles. Allí esperan, como esperaron los papeles de Lorca hasta empezar a ser editados en España a partir de 1954. El espectador ve sus formas como las de una naturaleza muerta. (Además se han hecho unas postales de cada objeto envuelto sobre fondo oscuro que recuerdan los austeros bodegones de Sánchez Cotón).Pero por suerte puede seguirse hasta el final la analogía con el planto del poeta por el torero. Y en ella se salva el deber del artista que fue Lorca respecto de Ignacio y ahora es Portabella respecto de Lorca, de su familia, de su casa:
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

Autor:Andrés Soria Olmedo
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