El cine bien temperado

En 1968, tras no pocas peripecias, Jean-Marie Straub y Daniéle Huillet consiguieron culminar un proyecto largamente acariciado: llevar a la pantalla su Chronik der Anna Magdalena Bach, filme a un tiempo marxista y marxiano en el que la biografía, entendida habitualmente en términos psicológicos, es sustituida por el relato de las condiciones de trabajo del músico y la música, interpretada y filmada en directo, ycapturada mediante una irreprochable gestión de lo sus autores denominaron los "planos bioscópicos", bloques de puro presente; una música que es tratada, no sólo como fuente de consolación y belleza, sino en tanto expresión del trabajo humano, esa práctica a partir de la cual brota la plusvalía.

Cuarenta años después y en circunstancias socioculturales y políticas muy diferentes, Pere Portabella se inclina de nuevo en su Die Stille vor Bach (2007) sobre la figura de Juan Sebastián Bach para, en palabras de Georges Steiner, "ampliar y complicar nuestra sensibilidad". Conservando del filme de los Straub la opción de las interpretaciones musicales en directo, pero desbordando el espacio biográfico para adentrarse en el terreno de la pervivencia de la obra del cantor de Santo Tomás, transporta su música a nuestros días. Crea con ello un nuevo género de la variación, la que no tiene centro, la que se asienta sobre el agujero negro de la historia europea en su dimensión catastrófica; una dimensión explicitada tanto en la presencia de Dresde, ciudad en la aprendieron a llorar de nuevo los que lo habían olvidado como en ese acontecimiento al borde de lo irrepresentable (al borde, pero representable) que es el Holocausto. De esta manera se explora la ambivalencia consustancial del arte: por un lado, su dimensión trascendental; por el otro, su uso diabólico. Por eso, la imagen emblema del filme (una de las más bellas de toda la historia del cine español), ubicada en la película justo tras el debate acerca del exterminio de los judíos europeos, no es otra que ese plano en el que un piano cae al mar en medio de un silencio ensordecedor. También por eso, cuando tanto se habla de cine europeo sin saber de que se está hablando, este filme presenta una respuesta posible a la compleja cuestión de la constitución de un espacio cultural dinámico y compartido.

Si en una obra literaria reciente como Las benévolas de Jonathan Littell, la música de Bach sirve para dotar de un contrapunto significativo al recorrido por el horror, en la película de Portabella no se nos ahorra la interrogación en torno a los límites curativos del arte. Por eso su obra adopta la estructura de un rompecabezas. Las distintas secuencias se ubican en el campo fronterizo entre la "ficción" y el "documental" (hay que entrecomillar las dos palabras). Los pasajes entre los distintos momentos de un relato que parece tejerse y destejerse ante nuestros ojos (como ya sucedía en Pont de Varsòvia, 1990) se multiplican sin que sepamos nunca dónde se encuentra el final del camino que se abre ante nosotros. Los géneros tienden a confundirse y antes que ante un relato estructurado estamos ante un cuaderno de notas. En el fondo, lo que sucede es que el territorio privilegiado de Portabella, aquel que ha explorado siempre en su obra, no es otro que el delimitado tanto por la renuncia al canon narrativo convencional como por el diálogo sin concesiones entre el cine y las demás artes. En pocas palabras, una tierra de nadie.

Entre dos pantallas en blanco, Die Stille vor Bach nos propone un viaje insólito. Cuarenta años después, un cineasta español responde cinematográficamente a los Straub, estableciendo un diálogo a través del tiempo entre dos obras que se miran entre sí y se reconocen en su radicalidad compartida. El que quiera ver que vea y el que quiera escuchar que escuche.

Publicado en Cahiers du Cinema. España (Diciembre 2007)

Autor:Santos Zunzunegui.
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