Drácula según Pere Portabella

Vampir-Cuadecuc es, sin duda, una de las películas fundamentales en la trayectoria artística de su autor, el cineasta catalán Pere Portabella, y de la corta (y triste) historia del cine experimental y/o de vanguardia español. Una pequeña obra maestra que, todavía hoy, emociona e inquieta, tanto como invita a la reflexión.


 
El (moderado) éxito crítico y de público cosechado por El silencio antes de Bach (2007) ha sido fundamental para el estreno, por fin, treinta y siete años después de su primera proyección pública en la Quinzaine des Réalizateurs de Cannes 71, del celebérrimo Vampir-Cuadecuc de Pere Portabella. Lo que en cierto modo no deja de ser irónico, y lamentable, considerando que esta última, a diferencia de El Silencio antes de Bach, fue realizada de modo marginal, exhibida en circuitos alternativos -y, en ocasiones, clandestinos-, no en el sentido romántico ni purista de la palabra- según confesó entonces el propio Portabella (1). Es decir, Vampir-Cuadecuc no nació al calor de la típica idea contracultural por la cual los artistas deben enfrentarse a la sociedad convencional de manera temeraria, quijotesca, una idea que hoy en día, más que nunca, "vende". Vampir-Cuadecuc es aún en 2008, como lo fue también en su momento, un personalísimo intento de vulnerar los límites ideológicos de la praxis cinematográfica, sin el apoyo financiero y logístico de un productor, de un distribuidor, sin el amparo legal de la instituciones, sin atender a las modas culturales vigentes. Vampir-Cuadecuc es un ejemplo triunfal de visión estética del mundo, del mito, del cine, alejada de ideas morales, de pensamientos cautivos de lo políticamente correcto y de lo (supuestamente) transgresor. Por el contrario, El silencio antes de Bach es una obra "normalizada" en este sentido que, por encima de sus evidentes valores artísticos, tiene garantizado su hueco dentro de los pertinentes cauces de "alternativos", vulnerando así todo aquello que dio origen y entidad a Vampir-Cuadecuc.



Las razones que acarrearon la prohibición de Vampir-Cuadecuc, las causas de su invisibilidad, hasta ahora, suenan a chiste (malo). La película fue filmada entre la alegalidad y la ilegalidad, sin permisos oficiales de rodaje, sin cumplir ninguna de las normas sindicales establecidas por la Dirección General de Cultura Popular, ya que Portabella rehusó someterse a los requerimientos legales exigidos por las autoridades franquistas (2). Así, condenada a vagar por festivales, filmotecas y museos de todo el mundo -Cannes, Museo de Arte Moderno de Nueva York, Cinemateca francesa...-, Vampir-Cuadecuc tuvo vedada su presentación en España bajo la acusación de haberse "explotado" a quienes colaboraron en su realización, al no constar contrato laboral alguno de por medio.



Podría pensarse que, por culpa de tan absurda circunstancia, el paso del tiempo ha convertido Vampir-Cuadecuc en una polvorienta pieza de museo, en un objeto vacío de sentido. Pero no. La película de Pere Portabella se descubre como un film de una pujanza poética insólita, de una frescura creativa insolente y, sobre todo, genuina, sin poses ni subterfugios vagamente contraculturales. Por un lado carece del desaliño, de la arbitrariedad del arte pop; es un trabajo artístico meditado hasta sus más mínimos detalles, aceptado incluso la posibilidad de que la espontaneidad, el azar o las mismas limitaciones técnicas autoimpuestas por su autor hayan jugado a favor de esa minuciosidad. Por otro, Vampir-Cuadecuc es más que un guiño borgiano sobre el cine-dentro-del-cine a la captura de los entresijos de la magia fílmica; es más que una reflexión sobre los mecanismos de vampirización sobre una cinta comercial de jaez artística más que dudosa como El conde Drácula (1970) de Jesús Franco, la cual alimenta y da sustancia, espíritu, a una propuesta cinematográfica radicalmente diferente (3). Al respecto, conviene rememorar la apasionante miríada de sensaciones, de texturas, que Portabella obtiene con los mismos elementos dramáticos y escénicos, con los mismos actores empleados por Franco, pero con distintas posiciones de cámara, con diferentes distancias focales, con otra banda de sonido, con otra fotografía... "Yo desconocía el guión pero no la obra de Stoker, el esfuezo también consistia en seguir una línea precisa (...)Yo rodaba igualmente en los ensayos, entonces era cuando más articulaba sobre los personajes, los vestuarios, las expresiones... convenientemente montados, adquieren distintas significaciones" (4).


Vampir-Cuadecuc es un regalo para los sentidos. En esto, su especulación sobre la esencia onírica, inquietante, del lenguaje fílmico, "porgue es una forma de contribuir ideológicamente a un contexto revolucionario" (5), supone una ruptura con la idea del film "literario" de ciertas vanguardias europeas. El deleite de Vampir-Cuadecuc no reside únicamente en el conocimíento y el entendimiento de lo que se ve, ni en la capacidad de interpretar, sino en la franqueza, la fueza y la pródiga cantidad de las mismas imágenes. A diferencia del arte / cine moderno "serio", no trata sobre las frustraciones de la conciencia, de los mortales límites del yo, o sobre grumosas problemáticas sociales y políticas. Así pues, el formalismo asimétrico y anguloso de Vampir-Cuadecuc, mediante imágenes simbólicas en torno a grandes procesos, muerte y nacimiento, destrucción y creación, dolor y placer, articula una concepción de lo bello abisal, siniestra, a cuyo alrededor construye, curiosamente, su peculiar mirada sobre el mito de Drácula en su relación con el cine.



Vampir-Cuadecuc es un film muy exigente con el espectador, de quien reclama una entrega sin condiciones para asimilar una alambicada digresión sobre el mito del conde vampiro plagada de hermosas metáforas visuales y sonoras, de pavorosas metonimias. Lo gótico, en consecuencia, pierde su tradicional terribilitá al convertirse en un sarcófago de cartón-piedra cubierto artesanalmente por "sucias" telarañas, surgidas fantasmagóricamente de un curioso artilugio parecido a un ventilador. Un espejo es incapaz de devolvemos la imagen del vampiro, pero capta la existencia del equipo de rodaje de la cinta de Franco: son cuerpos que, como el del no-muerto, existen y no existen, están ahí pero solamente gracias a un reflejo, al cine...; muertos vivientes que demuestran la naturaleza fantástica, irreal, del arte fílmico, incluso cuando no se proyecta, sino que se halla en fase de creación... La atmósfera misma de Vampir-Cuadecuc, que evoca de manera muy torcida a algunos de los mejores  instantes de Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens. F.W. Murnau, 1922) o Vampyr (Carl Theodor Dreyer,1932), emana de un artificio puramente fotográfico, sin trucajes escénicos ni ópticos: la sobreexposición de la película provoca un aumento de densidad y disminución del contraste, saturando el blanco y el negro y eliminando casi por completo los grises. Una técnica que permite crear ese universo crepuscular, enrarecido, en el que se mueve la cinta.



Sin embargo, es en los instantes donde Pere Portabella desarrolla su particular reinterpretación del mito de Drácula, en los que Vampir-Cuadecuc brilla con especial intensidad. En la escena en que Drácula (Christopher Lee) descubre el retrato de Lucy (Soledad Miranda) se inserta un plano de la actriz, recitando entre dientes sus líneas de diálogo, dirigiendo su mirada repentinamente hacia la cámara de Portabella y sonriendo brevemente, con aire pícaro y alegre: en ese momento, el sentimiento de fascinación, de deseo que sacude al vampiro, se apodera de nosotros al contemplar no la figura de Lucy sino a su intérprete. La extinción de las vampiras que conviven con el conde en el castillo es una secuencia larga y "pesada", como su ritual muerte gracias a la estaca clavada en el corazón, y donde el horror se manifiesta a través de la mirada ausente y vacía de las actrices mientras esperan entre tomas, como si fueran muñecas  con ojos de cristal, o en esos toscos trucajes que llenan de sangre la cara de los actores. Aunque, principalmente, está el fin de Drácula: ante la atónica mirada (hacia la cámara, hacia el público...) de Jonathan Harker (Fred Williams) y Quincey Morris (Jack Taylor), Christopher Lee "destruye" su imagen mítica, el icono al que dio fama en la pantalla, sacándose las lentes de contacto de color rojo, los colmillos... Y empieza a leer el párrafo de la novela de Bram Stoker en el que se describe cómo es eliminado el rey de los vampiros. Una hermosa manera de homenajear al personaje, de cuestionar su mitología cinematográfica -que ha alcanzado una autonomía ajena a su equivalente literario- y, como apuntó Carlos Losilla en estas mismas páginas (6), de devolverlo a su origen. Con Christopher Lee, de la mano de Pere Portabella,  Drácula reflexiona sobre símismo.


(1) ¿Qué pasa con el Vampir de Portabella? (Entrevista), por Antonio Vilella, en
"Terror Fantastic", no 9, junio 1972. Pág. 52-53,
(2) ¿Qué pasa con el Vampir de Portabella? | bidem.
(3) Portabella explicaba: "Al enterarme de la filmación de Franco, le propuse rodar mi Drácula" al mismo tiempo que el suyo. Sin poner dificultad alguna por su parte, ni antes ni después. Quiero recalcar la buena disposición de Jesús Franco, cosa gue seguramente no se habría conseguido con otros profesionales", Op, cit. 1.
(4) ¿Qué pasa con el Vampir de Portabella? Lbidem.
(5) Manifestaciones de Pere Portabella a Tomás Delclós recogidas en "Tele-expres",27 de enero de 1978.
(6) Drácula y sus intérpretes, por Carlos Losilla, en el dossier Cien años de Drácula. "Dirigido por" no 256, abril, 1997. Págs. 30-87. España, 1970.

Autor:Antonio José Navarro. Dirigido por. 2008
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